Una literatura propia, larvada o desdeñada por las elites, ha existido siempre. Pero lo que por primera vez se ha dado en lo que va de este siglo en Argentina, es la pasión por los libros esclarecedores de la conciencia nacional.
Hernández Arregui, Nacionalismo y liberación
La filosofía argentina, si tal sintagma nominal no puede ser enunciado sino con el tono vacilante de una voz trémula, se halla atravesada por un interrogante persistente que la legitima y define, al tiempo que la vuelve difusa: la repetida pregunta por su propia existencia. A diferencia de una recepción puramente mimética y servil del canon filosófico occidental, que se autolimita a la incesante reiteración acrítica de discursos consagrados, la pregunta por la existencia de una filosofía argentina y latinoamericana se establece como un acto poiético en sí mismo, como el despliegue de la potencia creativa que es incluso parte constitutiva del acto mimético.
Si lleváramos a cabo una genealogía de la repetición y la insistencia con la cual la pregunta nos ha convocado desde Alberdi en adelante, nos remitiría en definitiva a hechos traumáticos que han acontecido en nuestro suelo, como los de la conquista y la colonización, entendidos estos como una operación de despojo que involucra al menos dos dimensiones fundamentales, a saber: una territorial (y física) y una simbólica. A partir de allí se origina un vicioso y desligitimante mecanismo de reiteración que, en ocasiones, cuando dicho mecanismo se perpetúa en actos meramente reproductivos, se parece más a un intento por subsanar y contrarrestar un cierto sentimiento de inferioridad y por inscribir toda una tradición filosófica canónica en una situación geográfica que, por designio histórico, se constituyó en los márgenes del pensamiento occidental. El contraste con otras tradiciones –en las que la palabra filosofía no leva un gentilicio- creemos que anima la singularidad del caso argentino y latinoamericano cuyo espíritu nos exige y predispone a repensar el sentido mismo de “tener” una filosofía.
La pregunta de si existe o no una filosofía argentina no es una pregunta como cualquier otra, pues responde a una demanda visceral y, por tanto, no puede pasar desapercibida ante los ojos de aquellos cuya pretensión es la de autoafirmarse y reconocerse como sujetos que “valen por sí mismos”[1] ante la mirada altiva y desdeñosa de Europa. Dicha demanda tampoco responde, en efecto, a una mera curiosidad académica de espíritu nómade, sino que se trata, antes bien, de una interpelación que insiste y persiste en cierto rincón del ADN intelectual argentino –geoculturalmente localizado principalmente en la Universidad de Buenos Aires–, cuya recurrencia sintomática constituye, más que un síntoma de carencia, una operación ineludible y en sí misma creadora. De este modo, esta interrogación reiterada es el efecto de la pretensión radical de un autonomismo intelectual e identitario ante aquello que apriorísticamente se manifiesta como su expresión antagonista, esto es, una recepción del canon filosófico europeo reducida a un acto de servidumbre mimética aducida por una mera operación exegética que encuentra en la repetición su umbral máximo de creación y que es, en realidad, imitación. Propongo, en este sentido, un cierto desplazamiento crítico y valorativo recreando el célebre dictum cartesiano con matices roignianos: de un «recepciono/imito, luego existo» a un «recepciono/valgo y creo, luego existo», o digamos, mejor, a un «valemos/creamos, luego existimos».
Allí, en ese instante cuando la modernidad europea fundó su certeza en el cogito, en nuestro contexto histórico y vital, la certeza parecería haberse fundado primero en la imitación. Por esta razón, la tarea primordial de quienes hacemos filosofía y habitamos el exuberante suelo americano sigue siendo la de transitar la proposición fundamental del «valemos/creamos, luego existimos», para finalmente trascenderla y poder afirmar que la creación es no sólo condición de la existencia de una filosofía argentina, sino también de su radical legitimación. Esto, ciertamente, como un gesto primordial de una filosofía situada que intenta asumir la dialéctica y la fagocitación cultural como procesos constitutivos y determinantes entre sí para el advenir de algo nuevo.
Mímesis y Poiesis
Πραξιζ καí ποíησιζ ετερον” [la praxis y la poiesis son distintas] Aristóteles, Poietica
Hay más valor moral en creer firmemente una ilusión propia, que en aceptar tibiamente una mentira ajena” José Ingenieros, El hombre mediocre
Desde las fundantes formulaciones alberdianas –aunque con algún hiato temporal en medio–, la postulación de una filosofía argentina ha orbitado en torno a la pregunta por su existencia misma. ¿Existe una filosofía argentina? Y si existe, dónde la vemos, quiénes la hacen y de qué manera existe. Además, ¿por qué Alemania y Francia, por ejemplo, no se han hecho la misma pregunta? ¿Habrían estas naciones adoptado implícitamente una postura universalista asumiendo el carácter ecuménico de las cuestiones que hacen a la filosofía?
Europa se ha pronunciado desde un “yo” regulador, creacional y modélico, en tanto que centro gravitacional de un espíritu colonizador que rige al resto del mundo y es capaz de transformarlo, en rigor, de civilizarlo bajo su tutelaje. Dicha «yoidad», sentenciaba Dussel, era inadvertidamente europea: “un «Yo» europeo pretende descubrirse a sí mismo como universal, último, que se sabe a sí mismo, y que puede reconstruir desde él mismo todo el mundo (todos los otros mundos también del Sur)” (Dussel: 2014: 208). Silvio Maresca identifica en él una posible consecuencia que responde a la insistencia con que se nos presenta el afán de reivindicación de una filosofía nacional aduciendo al “origen colonial de los países latinoamericanos que, a partir de su independencia, les exige afirmar su autonomía y su peculiaridad con más énfasis” (Maresca: 2005: 283).
La presencia radical del canon filosófico de occidente (europeo-anglosajón) en nuestra mundividencia remite, en cambio, a un conjunto de traumas históricos de los cuales no nos ocuparemos aquí, pero que vale la pena mencionar: invasión territorial y conquista colonial, imposición sociocultural y simbólica, de lenguas y categorías ajenas, con la aparejada instauración de una jerarquía cultural que ha logrado situar a lo “propio” en una posición de inferioridad ontológica, mediocridad y retraso epistemológicos frente al siempre ilustrado y modélico saber europeo que el poder imperial ha reforzado con su discurso verticalista. Se trata, como señalaría el mismo Dussel, de una posición o estatus ontológico por el que se asume que toda cultura no europea (o con ciertos vestigios de mixtura con esta) debe tomar los mismos caminos que Europa ha tomado para llegar a ser lo que es, es decir el continente que aloja a las naciones más desarrolladas.
En el caso de la filosofía argentina, la interrogación por su existencia es portadora de una repetición sintomática, casi del orden de lo ritual; pero lo es también, y al unísono, de una naturaleza dinámica y una potencia creadora latentes. De ahí justamente el gesto radical de un síntoma que en su insistencia evidencia una herida histórica. Un síntoma que se constituye al mismo tiempo como repetición y acto irremediablemente poiético-político que habrá de reconfigurarse en el espesor de una operación consciente de autovaloración para ser actualizada en un horizonte de “libertad creadora”.[2] “Y ese horizonte es a la vez comprensión del mundo y de sí mismo” (Roig: 2004: 17).
En Aristóteles la mímesis es independiente al modelo ideal. En Poética, afirma que el imitar es connatural al ser humano, que por imitación aprende y se constituye como tal. “El imitar es congénito al hombre, en eso difiere de los otros vivientes, pues, y por imitación aprende sus primeras nociones” (Poética: 1448b). La mímesis deja así de ser reflejo pasivo para convertirse en un pasaje inalienable de la creación, una potencia (dýnămis) capaz de producir y de reproducir.
Este carácter paradójico del mimetismo –para mí ni esencialmente servil ni puramente de carácter noble– le otorga al acto de la imitación una dimensión poiética que puede contribuir a una mejor y más cabal comprensión de la filosofía argentina y latinoamericana en relación con la inevitable recepción de la tradición europea y anglosajona.
Cuando la mímesis poiética latinoamericana es consciente de su acto y se apropia del modelo externo para transformarlo de acuerdo a las necesidades vitales de su suelo, deviene un acto creador. Produce algo nuevo que no se encontraba inicialmente en el modelo de referencia, distanciándose, aunque no pueda prescindir de él.
Es sobre la fuerza omnipresente de la necesidad, irremediablemente consustancial al hombre, donde la libertad humana encuentra su acto filosófico fundacional. “La cuestión es –como sintetiza Benjamin- si se trata de la decadencia de esta facultad o más bien de su transformación” (Benjamin: 1989: 169). El filósofo del aura también nos habla de un “talento mimético” que otrora “era el fundamento de una praxis oculta”. (Benjamin: 1989: 171) Y al pensar la semejanza no sensorial como fundamento de toda conexión entre lo dicho, lo escrito y lo pensado, este señala que
la semejanza no sensorial es aquello que funda la conexión no sólo entre lo dicho y lo que quería decirse, sino también entre lo escrito y lo que quería decirse, así como entre lo dicho y lo que se ha escrito. Y en cada caso de una manera completamente nueva, originaria e inderivable. (Benjamin: 1989: 170)
La figura benjaminiana del “talento mimético” rescata una dimensión más primitiva y prelingüística de la mímesis como una forma de conocimiento pragmático-poiético no reductible al lenguaje racional ni su representación. Cuando Benjamin señala que ese talento imitativo “era el fundamento de una praxis oculta” está ciertamente sugiriendo que la mímesis es ella misma portadora de una potencia creativa. “«Leer lo nunca escrito» – aconseja el filósofo alemán-. Esa lectura es la más antigua: leer antes del lenguaje, a partir de las vísceras, o de las danzas o de las estrellas” (Benjamin, 1989, p.171). Vinculado con la cuestión de la existencia de una filosofía argentina y de su interrogante, podemos sostener que este “leer lo nunca escrito” del que Benjamin nos habla, implica recuperar la potencia poiética del pensamiento situado, es decir leer, pensar y escribir desde lo que aún no ha sido dicho, desde la materialidad misma de la experiencia vital, histórica y cultural de nuestro alible suelo latinoamericano, aquí donde el pensamiento europeo y anglosajón ya no ofrece más que la repetición de lo mismo. Por esta razón, “el pensamiento es llamado a obrar hoy por el orden necesario de las cosas, si no se quiere hacer de la generación que asoma el pleonasmo de la generación que pasa” (Alberdi: 1837: 55). En consonancia con esta idea benjaminiana, Rozitchner argumentaba que
[…] la verdadera riqueza, fuera de su forma burguesa, consiste en crear nuevas necesidades, goces, poderes de producción individuales, crear frente a lo increado, […] donde todo el pasado no te puede servir más que de punto de partida para esa cosa nueva (Rozitchner: 2015: 32).
Así pues, no es posible fundar una filosofía propia, – “aunque este comienzo sea siempre un recomenzar, un intervenir en medio de las cosas del mundo” – sino es en el seno mismo de una restitución de este permanente «recomenzar», es decir en la continuidad de los recomienzos, donde se halla toda afirmación de la existencia de una filosofía argentina, todo su impulso vital y creador, que va conformando cada rasgo emancipador y toda ocasión de actualización. Todas estas son, en rigor, condiciones indispensables “para que la mentada construcción de una tradición vigorosa de pensamiento tome forma y alce el vuelo” (Cabanchik: 2019: 94).
Filosofar desde América Latina, —y desde Argentina en particular— para el mundo, constituye un acto de dignificación y emancipación intelectual, una muestra de que, como sostiene el profesor Samuel Cabanchik, “nosotros valemos” y de que la filosofía argentina no representa una derivación tardía e infructuosa de la filosofía canónica europea, sino que puede ser ella misma fundacional y objeto de estudio por el mismo canon.
Para que la filosofía argentina llegue entonces a preguntarse por su propia validez ha sido necesario que asuma primero la preminencia de una filosofía canónica eurocentrada y de una operación de recepción histórico-exegética y hermenéutico-mimética, aunque como ya hemos asumido con nuestra postura aristotélica-banjaminiana, la actitud mimética no será reduccionista y meramente reproductivista, siempre y cuando dicha disposición a la imitación no se eternice en la simple emulación a la que refería Aristóteles, deviniendo nuestros filósofos en “copistas ortodoxos” y voceros serviles de los intereses imperiales, en efecto, “bufones literarios de la oligarquía, mensajeros afamados del imperialismo”, sentenciaba un efusivo Hernández Arregui (2004: 21).
“¡Ay ¡- exclama Nietzsche en su Zaratustra – abundan los grandes pensamientos que no hacen más que lo que hace cualquier fuelle: inflan y producen un vacío aún mayor” (Nietzsche: 2021: 82).
Por su parte, Roig nos ofrece una categórica descripción:
Portavoces de la Palabra, ecos angustiados de un Espíritu fruto ilegítimo de un sujeto dominador, incapaces de una autoafirmación de sí mismos como valiosos, su condena ha sido la imitación y la repetición más o menos ingeniosa, de un discurso alienado y alienante, revestido de todas las exigencias del “rigor” académico. (Voloshinov: 1973, en Roig: 2004: 54)
La filosofía proveniente de nuestras latitudes periféricas asume la pregunta por su propia existencia -que como venimos señalando es ella misma un acto poiético y fundante- a partir del ejercicio de una razón crítica y de una instancia de confrontación con el canon europeo, puesto que para llevar a cabo la empresa de un autonomismo intelectual y filosófico debemos, pues, pasar por el canon, aunque idealmente dotando sus conceptos de un espíritu epocal y territorial. Después de todo, “lo esencial reside en la ubicación del centro de gravedad” (Maresca: 2005: 283). Para desentrañar cualquier tipo de ambigüedad sobre esta idea de autonomismo filosófico, recurramos a las palabras del profesor Gerardo Oviedo (2005), cuando escribe que
[…] tal autoctonismo pretende ligar entre sí dos momentos constitutivos de su experiencia intramundana históricamente concienciada: el de la recepción hermenéutica de la tradición y el de una praxis emancipatoria posible. (90)
Conclusión
Tanto en los trabajos de Arturo Roig como de Samuel Cabanchik cuyo título lleva por nombre uno de los principios axiológicos absolutos que guiaron esta tesis, a saber: el de “nosotros valemos”, ya podemos observar explícitas manifestaciones a propósito de nuestra tesis:
Lo propio se hace, y se lo hace con tanta mayor eficacia cuanta mayor es la apuesta en términos de originalidad y autenticidad. Este hacer puede o no realizarse a través de la tematización de la filosofía iberoamericana, y de hecho algunas de las contribuciones más importantes a la conformación de lo que llamamos «autoconciencia» iberoamericana –aplicable tanto a cultura, como a filosofía, entre otras dimensiones o realidades– han tomado como tema la pregunta de si hay filosofía iberoamericana y en qué sentido. (Roig: 2004: 35)
En definitiva, el debate acerca de si hay o no una filosofía iberoamericana no es sino un modo en la que ésta también ha sido hecha, aumentando críticamente nuestra autoconciencia de su idiosincrasia, modo genuino y, por qué no, original. […] Aceptemos simplemente que éste ha sido un recurso propio, nuestro. (Cabanchik: 2019: 39)
Apoyando entonces nuestra tesis en las palabras de nuestros filósofos, la filosofía argentina se ha hecho preguntándose ella misma por su existencia. Este es sin dudas un modo auténtico y peculiar de hacer filosofía. Ella en efecto existe porque puede engendrar un ámbito de sentido en el que se articula y condensa “la polifonía característica de nuestro acervo cultural y vital” (Cabanchik: 2019: 1). Es decir, en nuestro suelo y en nuestra sociedad, mas no como copia servil de los sistemas filosóficos europeos, sino como acto poiético que funda su propia realidad justamente en y a partir de la insistencia de la pregunta por su legitimidad vital.
Así, la filosofía argentina existe en el mismo sentido que para Platón existe sólo lo que goza de una potencia, articulándose en un campo de fuerzas creadoras y en un fértil e ineludible terreno de “libertad creadora”. La existencia de una filosofía argentina es para nosotros concreta y se afirma ontológicamente a partir de la pregunta misma por su legitimidad independientemente de las respuestas que de ella de desprenden.
El solo acto de formular la pregunta por su existencia es ya una forma de ontología que constituye un ejercicio filosófico propio y auténticamente nacional que se diferencia del canon creando sus propias líneas de actualización para luego articular su propio campo de sentido. “Y los medios ¿dónde se hallarán? –se pregunta Alberdi- Con la antorcha de la filosofía en la mano, en el íntimo y profundo estudio de las necesidades racionales de nuestra condición natural y social: penitus ex intima philosophia” (Alberdi: 1837: 65).
Bibliografía
Alberdi, J.B (1837). Fragmento preliminar al estudio del derecho, Buenos Aires, Librería Hachette.
Alberdi, J.B. (2003). Ideas para presidir a la confección del curso de filosofía contemporánea, Biblioteca Virtual Universal.
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Cabanchik, S. (2019). Nosotros valemos, Horizontes latinoamericanos del filosofar, Buenos aires, Teatrito rioplatense de entidades.
Dussel, E.D. (1984). Filosofía de la poiesis en Filosofía de la producción, Bogotá, Nueva América.
Hernández-Arregui, J.J. (2004). Nacionalismo y liberación, Peña Lillo, Buenos Aires, Ediciones Continente.
Ingenieros, J. (1957). El hombre mediocre, Buenos Aires, Editorial Cauce.
Korn, A. (1944). La libertad creadora, Buenos Aires, Losada.
Maresca, S.J. (2005). Filosofía y catalepsia en ¿Existe la filosofía argentina? Edición doble 2-3 (2005) pp. 288-297, Argentina, La Biblioteca.
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Oviedo, G. (2005). Historia autóctona de las ideas filosóficas y autonomismo intelectual: sobre la herencia argentina del siglo XX, en ¿Existe la filosofía argentina? Edición doble 2-3 (2005) pp. 76-99, Argentina, La Biblioteca.
Roig, A.A. (2004). Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano, México, Fondo de cultura.
Rozitchner, L. (2005). El Ser se devela hablando en castellano en ¿Existe la filosofía argentina? Edición doble 2-3 (2005) pp. 16-35, Argentina, La Biblioteca.
[1] Cabanchik, S. (2019). Nosotros valemos, Horizontes latinoamericanos del filosofar, Teatrito rioplatense de entidades, Buenos aires.
[2] Korn, A. (1944). La libertad creadora, Losada, Buenos Aires.

Laureano Guzmán, es profesor de filosofía y de inglés como lengua extranjera, con una sólida trayectoria académica y profesional. Residió en Inglaterra, donde pudo afianzar sus estudios en lengua inglesa. Actualmente se encuentra doctorando en filosofía latinoamericana. Cofundó el Proyecto Mnemosyne, dedicado a llevar el pensamiento filosófico a contextos de encierro, donde impartió talleres de filosofía.
Sus áreas de investigación abarcan éticas y filosofías de la libertad, didáctica, filosofía del lenguaje, política, y los vínculos entre filosofía y psicoanálisis y análisis existencial. Su labor docente, investigativa y de extensión refleja su compromiso con la expansión del pensamiento filosófico en diversos contextos y la conexión entre el lenguaje y la indagación filosófica.
