La crisis de representatividad e integración sudamericana a través de un análisis fenomenológico-hermenéutico de la metapolítica.

Introducción En las últimas décadas se plantea la necesidad de establecer una integración sudamericana, antes que latinoamericana en aras de incrementar el umbral de poder de las naciones periféricas frente…

Introducción

En las últimas décadas se plantea la necesidad de establecer una integración sudamericana, antes que latinoamericana en aras de incrementar el umbral de poder de las naciones periféricas frente a los embates de las naciones centrales a través de afrentas comerciales, territoriales o, incluso, a través del uso del soft power como una herramienta de dominación subrepticia que se torna disruptivo en los sistemas políticos de naciones subalternizadas y que culmina con la generación de crisis civilizatorias a escala regional. La resemantización fenomenológico-hermenéutica del concepto de metapolítica interpretado por el filósofo argentino Alberto Buela Lamas podría arrojar una nueva visión de cara a lograr una integración comercial, cultural, territorial y geopolítica a nivel sudamericano.

Una de las concepciones de la metapolítica está concebida por lo que se suele llamar tradicionalismo como corriente filosófica que se encarga de un supuesto saber esencial común a todas las civilizaciones. Dicho tradicionalismo, que resulta ser suprahistórico ya que el mito constituye el elemento primario del cual se parte hacia el conocimiento primario de la tradición única, se diferencia de la tradición particular de los diferentes pueblos como historia de valores a conservar y materializar. Es esta última tradición la que hace presente al pasado para proyectarlo hacia el futuro, que, de alguna manera, puesto que el sentido usual de tradición implica la proyección del valioso pasado en el presente, a diferencia del tradicionalismo filosófico donde la tradición es interpretada en un sentido ahistórico o metahistórico. El máximo representante de esta corriente fue el italiano Silvano Panunzio quien en su obra Metapolítica: la Roma eterna y la nueva Jerusalen (1979), se encargó de los fundamentos de la metapolítica y su funcionalidad en nuestro tiempo. Sin embargo, será su discípulo el pensador italo-chileno Primo Siena quien define brillantemente esta significación de metapolítica al sostener que “Trascendencia y metapolítica son conceptos correlativos, por ser la metapolítica veraz expresión de una ciencia no profana y más bien sagrada: ciencia que por lo tanto se eleva a la altura de arte regia y profética que penetra en el misterio escatológico de la historia entendido como proyecto providencial que abarca la vida de los hombres y de las naciones. Por consiguiente, la metapolítica expresa un proyecto que -por la mediación de los Cielos- los hombres rectos se esfuerzan de realizar en la tierra, oponiéndose a las fuerzas infernales que intentan resistirles” (Siena: 1995: 2).

De esta larga cita, se puede inferir que, para esta interpretación, la metapolítica resulta ser el fundamento último de la política estableciendo, simultáneamente, un paradigma en función del cual la política debe actuar. En otras palabras, para esta concepción la metapolítica es la metafísica de la política. En consecuencia, la metapolítica es la disciplina que va más allá de la política, que la trasciende en el sentido que procura su última razón de ser. Se trata de una disciplina bifonte puesto que es filosófica y política a la vez, en el sentido que es filosófica toda vez que estudia en sus razones últimas las categorías que condicionan la acción política de los gobiernos de turno, ya que entenderá la política desde las grandes ideas, la cultura de los pueblos, los mitos movilizadores de la historia. Y es política en cuanto procura con su saber, crear las condiciones para suplantar a los gobernantes. De aquí que esta pluridisciplina exija el método fenomenológico-hermenéutico, realizando la epoché de las opiniones pretéritas, preconceptuales o ideológicas, para lograr una descripción eidética lo más objetiva posible de los hechos mismos para luego pasar a un segundo momento de la interpretación del lenguaje político.

Alberto Buela (Buenos Aires, 1946), filósofo y ensayista

Metapolítica, tradicionalismo y representatividad

Para el tradicionalismo filosófico, la tradición se construye a partir de un cúmulo de conocimientos que han conformado el saber primordial común a todas las civilizaciones. Al decir de Buela Lamas,” La elucubración sobre la sabiduría prístina es el objeto primero de esta corriente filosófica. Para ello recurre al estudio detallado de los más diversos textos sagrados o pseudosagrados de la antigüedad buscando allí rastros, testimonios o trazas acerca del saber ancestral primigenio” (Buela Lamas: 2002: 14). Sin embargo, dicha tradición no esta asentada en ninguna época histórica y, por lo tanto, es ahistórica y de origen no-humano y de aquí que afirma el filósofo argentino que el tradicionalismo filosófico resulta ser ahistórico puesto que el objeto de estudio, es decir el saber primordial, no está ubicado en ninguna época histórica y con ello refuta la versión del filósofo italo-chileno Primo Siena quien lo clasifica como metahistórico cuando en realidad debería de decirse que este tradicionalismo ha de ser suprahistórico en la medida en que el mito constituye el elemento primario a partir del cual se parte hacia el conocimiento de la tradición única (Buela Lamas: 2002). Pero Buela Lamas nos presenta otra acepción de tradición que viene de la mano del tradicionalismo Occidental que se proyecta en Occidente a través de las “tradiciones nacionales”. Y esta tradición ya no se encuentra fuera de la Historia sino que se encuentra inserta en la sangre viva de los pueblos, puesto que aquí la tradición pasa a ser entendida como el traspaso de valores y saberes de una generación a la otra en forma oral o escrita y que dan sentido a la existencia de las naciones dentro de la historia mundial. En consecuencia, esta tradición se nutre de una metafísica no ya como ciencia de los mitos en tanto que mitos, sino como una ciencia del ser en tanto que ser con sus atributos esenciales. Nuestra nación se nutre del tradicionalismo hispanoamericano el cual es más bien cultural antes que político y cuya primera manifestación política debería de remontarse a los movimientos criollos independentistas que se oponían a la monarquía española. Pero dicha lucha no se da precisamente en los albores del siglo XIX, sino que mucho antes y se trata del encuentro entre los pueblos originarios y los españoles. De aquí que suele afirmarse que el tradicionalismo nuestroamericano resulta ser metapolítico puesto que procura ser la explicitación de los arquetipos que ha dado el continente tales como el gaucho, el huaso, el coya, el cholo, el llanero, etc., quienes siendo de genuina estirpe hispánica, nos distinguen de España y Portugal. Desde esta visión del tradicionalismo metapolítico hispanoamericano resulta indispensable repensar la integración sudamericana.

La metapolítica resulta ser una ciencia transdisciplinar que tiene por objeto el estudio de las grandes categorías que condicionan la acción política, lo cual supone una crítica a la cultura dominante que luego se plasma en la vida real. Este sentido metapolítico debe plasmarse en un gran espacio el cual debe construirse sobre un arcano, es decir, sobre la base de un secreto muy reservado, lo cual resulta indispensable para la realización de una gran política. De aquí que, recordando lo sostenido por Heiddeger que lo grande nace grande, Buela Lamas sostiene que “un gran espacio suramericano tiene que nacer grande, y así comenzar por la alianza de Brasil y Argentina, los dos grandes, hasta extenderse a toda Suramérica. Para ello, poseemos una lengua franca, el portuñol, una historia común económica y cultural de expoliación y colonización cultural, un enemigo común: el anglosajón, ingleses en el siglo XIX y yanquis en el XX, una religión común: el cristianismo inculturizado de expresión heterodoxa. Genuinas instituciones políticas en común, más allá de la democracia liberal, como la figura del caudillo y su representación por la acclamatio” (Buela Lamas, 2002:19) y no por voto popular. Sin embargo, es notable que otro sentido metapolítico está dado por la lucha de pertenencia a un espacio territorial determinado y la conservación del mismo expresado en una ferviente defensa del genius loci virgiliano del clima, suelo y paisaje con todo lo que esta última categoría implica. En tiempos presentes el misterio de iniquidad es la idolatría hacia el monoteísmo del libre mercado, que genera el individualismo y el nihilismo social y aquello que lo detiene, es la resistencia cultural, ética y espiritual que en el interior del sistema de globalización neoliberal llevan a cabo las personas, los grupos y los pueblos que quieren seguir manteniendo su identidad, su ipse, su sí mismo. Y esto va en consonancia con la idea de democracia entendida como forma de vida que ha ido vaciando lentamente el contenido de la democracia como forma de gobierno hasta dejarla reducida a la democracia procedimental de nuestros días, en donde sólo interesa a los dirigentes políticos cumplir con el formalismo democrático, dejando de lado todo contenido de valores. La democracia procedimental vació al Estado de todo contenido ético licuando todos sus aparatos de poder y así, vía privatización de todas las empresas públicas o vía anulación de las reparticiones estatales, logró dejar de lado los tres principios que lo constituían: la idea de bien común como principio de finalidad, la idea de solidaridad como principio de integración y la idea de subsidiariedad como principio supletivo o de ayuda. Quedando así reducido a simple regulador de los contratos jurídicos y a represor de los sectores descontentos. No llega ni siquiera como en el antiguo capitalismo liberal, al Estado gendarme que garantizaba la seguridad de las personas y la propiedad privada. Hoy la seguridad es cosa privada y la propiedad privada está “socializada” en los countries, esos castillos modernos, sitiados por barrios paupérrimos. El fracaso de la democracia procedimental con la consecuente crítica a los partidos políticos por ejercer la representatividad popular en forma espuria no solo porque monopolizaron dicha representatividad sino porque la bastardearon con las oligarquías partidarias, ha hecho surgir nuevas formas de representación políticas, en Argentina  hoy,  los piqueteros que cortan las rutas, los caceroleros que manifiestan ante los bancos y el Congreso nacional, los desocupados que viven en los lugares públicos, los sin tierra en Brasil, los truequistas que se manejan sin dinero porque no hay, toda la sociedad civil argentina fue estafada por los bancos y el gobierno de De la Rúa-Cavallo y confirmada por sus continuadores como Macri y Milei.

Ahora bien, cual es el mecanismo por el cual estas nuevas representatividades eligen a sus autoridades: la vieja acclamatio. La voluntad pública del pueblo se expresa por aclamación popular, como consentimiento de los gobernados. Dado que el pueblo existe sólo en lo público cuanto más fuerte es el sentimiento democrático tanto más seguro que la democracia es otra cosa distinta a la ecuación liberal de “un hombre = un voto”. La democracia se torna así directa y zafa del aparato estadístico y cuantitativo del recuento de votos y las empresas de sondeos, para expresarse lisa y llanamente por aclamación popular. Se elimina así toda mediación entre el pueblo y sus representantes. Estos son elegidos directa y espontáneamente por aquellos.

La crisis de representatividad de la sociedad postmoderna es de tal magnitud que sería provechoso que los jurisconsultos a cargo de la modificación de los sistemas de elección tuvieran en cuenta la incorporación de la acclamatio como un complemento necesario al régimen del sufragio. Citando textualmente a Buela Lamas “ellos comprenderían así, la proposición filosófica que sostiene que la solución a los problemas de la modernidad no los ofrece ni una modernidad más avanzada ni una postmodernidad débil y desengañada sino una postmodernidad fuerte que hunda sus raíces en una premodernidad vital y generosa. O en otros términos, para ser auténticamente postmoderno hay que ser genuinamente premoderno. La restauración de la acclamatio nueva-vieja fórmula de elección es una muestra de ello” (Buela Lamas: 2002: 23).

Este planteo se amalgama con lo sostenido por el filósofo boliviano Rafael Bautista Segales quien manifiesta que este mecanismo resulta ser esperanzador para determinados segmentos de la sociedad, mientras que para otros es un engranaje más de la rueda de un sistema obsoleto. Es claro que las elecciones resultan ser un trámite de la democracia liberal, un protocolo que establece básicamente el formato y la estructura de una democracia formal que sólo se atiene a las formas de representatividad que adquiere esta idea de que el poder delegado es el que, en última instancia, define las cuestiones decisivas de un país. Sin embargo, esto no tiene relación con lo que, según resalta Baustista Segales, cuando describe la concepción de la política según los zapatistas mexicanos,” no se necesitan políticos que manden mandando, sino que manden obedeciendo”[1]. La democracia no es algo que nos han traído los invasores europeos a las tierras del “Nuevo Mundo” sino que se podría brindar una detallado relato que brindan los cronistas como formas políticas avanzadas de convivencia que se daban en las naciones indígenas como por ejemplo en los pueblos iroqueses del actual Estados Unidos que sirvieron de inspiración para que luego esa nación imperialista adquiera la forma de confederación  que, posteriormente, será lo que actualmente conocemos como federalismo. En dicho sentido, lo que se enfatiza dentro del concepto de democracia ya no representativa, sino más bien participativa, y que estaría acuñando el concepto de democracia comunitaria constituyendo la creación del poder popular. Resulta que dicho poder popular poco tiene que ver con ese tipo de democracia formal liberal que forma parte de la mitología democrática estadounidense que se ha impuesto, muy especialmente a partir de los años ‘70s bajo la idea de control de los poderes y, principalmente, el control de los gobernantes y que cuenta en el ámbito parlamentario con el nicho en el cual se reproducen las lógicas de los lobbys, que resultan ser básicamente los que deciden las políticas en la política de los Estados Unidos. Así, los eventos electorales han tenido por premisa convocar al pueblo con el fin de legitimar un proceso formal para luego olvidarse de él ya que, una vez depositado el voto, sirva como carta blanca para que los que se hacen con el poder, desconozcan el poder originario de la soberanía política y que resulta ser el pueblo, en última instancia, como sujeto de la política. Una política pensada sin sujeto es precisamente esa política formal liberal que resulta ser avalada como democrática por las narrativas imperialistas acerca de la democracia y que resultan ser trampas conceptuales que ha utilizado muy bien el imperialismo conformando, sin lugar a dudas, uno de los soportes de lo que se conoce como soft power (poder blando) con el objetivo de hacer permanente la condición colonial y dependiente de nuestros Estados. Es decir, se trata de una herramienta para controlar Estados periféricos para, así, constituirse en Estados obsecuentes y genuflexos y que se conciban como mediadores del saqueo de recursos tanto naturales como hidrocarburíferos, en abundancia en América Latina, procediendo a realizar la transferencia de riquezas de los países periféricos y pobres a las naciones centrales e imperiales que conforman el centro del mundo o el Norte global como se los conoce actualmente. Se debe llegar a la conclusión de que la democracia resulta ser un mecanismo fraudulento puesto que, en esa falsa idea de democracia liberal, nos hacen creer que la diversidad es el criterio, que la democracia es la discusión de opiniones, con lo que se aleja de la pura etimología de la palabra democracia δύο (dēmos) o pueblo y κρατία (kratía) o poder/gobierno. Es decir, se aleja de esa concepción del gobierno del pueblo o de poder del pueblo y es por ello que es plausible afirmar que, en estas democracias de carácter liberal, quien menos poder tiene es precisamente el pueblo. Por lo tanto, a qué democracia se refiere si los que toman las decisiones y ostentan el poder desconocen la soberanía popular y simplemente se dedican a atender aquellas influencias extranjeras de carácter corporativo haciendo aparecer sus propias agendas como si fuesen gestiones gubernamentales, parlamentarias, judiciales, etc. Sumado a ello, dicho poder corporativo controla los medios de comunicación, poseen influencia en las fuerzas armadas, en las fuerzas de seguridad, es decir, básicamente controlan a casi todos los poderes del Estado. Esto también dentro del marco del que el Estado no se resume simplemente al gobierno, sino que el Estado es algo mucho más amplificado. En consecuencia, si la democracia es la trampa, el pueblo debe de gestionar imaginativamente un nuevo tipo de democracia que se proponga definitivamente la creación del poder popular aclamativo y, como fuerza disuasiva, que tenga la capacidad ya no sólo de resistencia sino también de transformación del propio Estado que tiene enfrente. Sin embargo, desde el sostenimiento de este discurso, se debe pasar a la práctica comenzando por reconstituir nuestra propia subjetividad que debe estar encuadrada en el tradicionalismo filosófico como forma de metapolítica y por medio de la cual se logre la representatividad por acclamatio que es la forma natural de democracia que caracterizó a nuestras naciones desde los tiempos precolombinos.  Construir una subjetividad desde el individualismo y no desde el pueblo en tanto que pueblo, no nos permitirá configurar el tan necesario arcano de la gran política nuestroamericana para consolidar un espacio de integración sudamericana en el que se pueda concebir un claro mecanismo de representatividad de los distintos pueblos que componen tan diverso espacio geográfico.//


[1] https://www.youtube.com/watch?v=P_ooC8FocZc